Cambio climático obliga a replantear estrategias para la producción de cerezas en Chile

Profesionales del sector e investigadores académicos buscan soluciones para mantener la calidad y el volumen de la producción, especialmente considerando la alta demanda del mercado chino. Un proyecto de la Universidad de Talca, desarrollado gracias a FIA, entrega herramientas para enfrentar este desafío.

Es innegable que Chile sufre las consecuencias del cambio climático y una de las frutas emblemáticas que está siendo afectada es la cereza. Chile produce el 97% de la oferta de este fruto en el hemisferio sur, pero las exportaciones han bajado alrededor de un 20% debido a inviernos menos frío y veranos calurosos.

Los profesionales del área han buscado distintas estrategias para hacer frente a este problema, una de ellas es la elección de variedades que puedan adaptarse mejor a estas condiciones. Marcelo Arriagada, director técnico de la unidad de cerezos y pomáceas de ANA Chile®, explica que la selección de variedades ha sido crucial para mantener la calidad y cantidad de fruta a cosecha.

“Lo importante es poder traer genética que prospere bajo esas condiciones de suelo, clima, disponibilidad de frío, y permita obtener un buen producto y así cosechar una cereza que sea del gusto del mercado chino, que es el principal comprador que tiene la cereza chilena”, señala.

En la industria frutícola chilena, las exportaciones de cerezas están dominadas por variedades tradicionales como Lapins, Santina y Regina, que representan la mayor parte de los envíos hacia mercados internacionales como China “en las últimas temporadas han ganado espacio nuevas variedades como Sweet Aryana, Nimba y Pacific Red, que son de cosecha temprana con atributos de calibre, firmeza y dulzor que buscan consolidarse y diversificar las ventanas de exportación”, afirmó Arriagada.

Baja en exportación

En el pasado, se exportaba entre 135 y 150 millones de cajas por temporada, pero los números se han ajustado significativamente. “Hoy día los números son menores y se está hablando de una dispersión entre 110 y 125 millones de cajas”, afirma Arriagada, quien atribuye esta baja a las condiciones climáticas del invierno y verano.

“Hubo harta lluvia durante el periodo flor, temperaturas bajas, heladas e incluso granizo en algunas zonas. Condiciones climáticas que afectaron la cuaja final”, detalla. La acumulación insuficiente de frío en los meses clave influyó en el potencial productivo, así como el calor extremo del verano, que estresan a las plantas.

Luis Ahumada Jurado, gerente general de Exportadora Los Olmos, confirma esta merma y destaca que, aunque “todos quisiéramos que nuestros huertos no bajaran la producción”, este escenario podría traer un respiro en precios. “Aunque haya producciones 20 o 25% más bajas que el año pasado, estimo que los precios deberán compensar la baja de producción. Esperamos que sea una temporada mejor que el año anterior”, afirma.

Para Ahumada, esta será una temporada clave para medir cómo responde el mercado chino con volúmenes más moderados y fruta de mejor calidad, pero advierte que, de no ser así,implicaría que la cereza que se cosecha en diciembre en adelante se va a ver enfrentada a tiempos más difíciles.

El gerente de Los Olmos atribuye esta disminución precisamente al clima. “El factor climático respecto del frío de invierno es el que más afecta el potencial productivo. A esto se suma que el inicio del invierno tuvo menos frío y que, tras la gran cosecha del año pasado, muchos productores aplicaron regulaciones de carga, como poda, raleo de yemas y frutos, para mejorar la calidad”, sostuvo.

Modelos predictivos y riesgos en postcosecha

Álvaro Sepúlveda León, investigador del Centro de Pomáceas de la Universidad de Talca, presentó en la IX CherryExpo 2025 el proyecto desarrollado junto a la Fundación para la Innovación Agraria (FIA): “Modelos predictivos basados en clima, nutrición y manejo para minimizar pérdidas por pardeamiento interno en cerezas y manzanas”. La iniciativa se ejecutó en huertos comerciales de las regiones del Maule y O’Higgins, permitiendo evaluar el comportamiento de la fruta en condiciones reales de producción, tanto en campo como en postcosecha, etapa donde este daño se manifiesta.

“Lo que buscábamos era evaluar si podíamos anticipar cuándo la fruta tendría un mayor o menor riesgo de presentar problemas en postcosecha, usando herramientas de inteligencia artificial que permiten detectar patrones que no se identifican fácilmente con modelos tradicionales”, explicó el investigador. Esta fase es crítica para la exportación, ya que muchos lotes llegan a destino con el daño desarrollado, afectando directamente la calidad y el valor comercial.

Los resultados revelaron una relación clara entre el clima y la aparición del pardeamiento interno: invierno con mayor acumulación de frío reduce el riesgo, mientras que veranos con altas temperaturas y condiciones estresantes lo aumentan considerablemente. Esto fue especialmente evidente en los huertos monitoreados, donde las diferencias entre localidades permitieron afinar el modelo.

“A través de una plataforma de consulta vamos a contar con un sistema de alerta temprana que indique al productor si las condiciones de la temporada están aumentando el riesgo”, señaló. “Es importante seguir la temporada año a año, porque las primaveras y veranos están siendo cada vez más estresantes por las altas temperaturas, como ocurrió ahora. Y eso repercute directamente en cómo llega la fruta a postcosecha”.